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Recientemente, me encontré reflexionando sobre el peso significativo que la utilidad tiene en la existencia humana y en la fuerza creativa inherente a nuestra especie.
Cada objeto que producimos, ya sea de forma artesanal o industrial, nace con un propósito. Incluso aquellos objetos concebidos con una intención puramente artística, como una pintura o una escultura, a menudo cumplen una función decorativa o sirven como una inversión. De este modo, hasta las creaciones más sublimes terminan siendo, de alguna manera, utilizadas.
Surge entonces un desafío intelectual: intentar concebir algo que sea completamente inútil. Y donde hay un desafío para el pensamiento, ahí me encuentro.
¿Es posible crear lo inútil?
¿Podemos diseñar y producir un objeto que no sirva para nada en absoluto? Dado que diseñamos con un objetivo en mente, todo lo que creamos parece tener, en consecuencia, el potencial de ser útil de alguna forma.
La naturaleza misma nos enseña que todo lo que existe cumple una función o tiene un propósito. A primera vista, las creaciones humanas podrían parecer un terreno fértil para encontrar ejemplos de inutilidad. Sin embargo, incluso los objetos más pequeños, las piezas o los fragmentos, pueden albergar un propósito, por mínimo que sea.
Esto nos lleva a plantear preguntas interesantes:
– ¿Puede el tamaño de un objeto determinar su utilidad?
– ¿Es realmente posible para la mente humana concebir algo sin propósito alguno?
Esta indagación me acerca al reto de diseñar o imaginar algo genuinamente inútil, un desafío de diseño que se convierte en una metáfora de la vida misma.
Consideremos el caso de los microplásticos. Estas partículas diminutas podrían considerarse inservibles, ya que su tamaño mínimo las vuelve inútiles para la función para la que fueron creadas originalmente. Aunque pueden ser objeto de estudio en un laboratorio, este es un uso forzado, una utilidad sobrevenida. El tamaño es, sin duda, una de las características que más condiciona la versatilidad y utilidad de un objeto. Sin embargo, reducir el tamaño no convierte necesariamente algo en inútil, a lo sumo, lo descalifica para su uso inicial. Es necesario, por tanto, cambiar de enfoque.
La belleza en la función y la función en la belleza
El diseño, ya sea en su vertiente funcional o estética, juega un papel crucial en nuestra percepción de la utilidad. Un ejemplo cotidiano nos puede ayudar a ilustrar esta idea: los tenedores. Originalmente, fueron diseñados con el simple propósito de comer. Sin embargo, su forma puede ser modificada para dotarlos de una belleza estética particular. El problema es que esta belleza puede, en ocasiones, comprometer su función principal.
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Esta tensión entre la utilidad y la belleza, entre el uso práctico y lo estético, es una preocupación constante en la mente y el espíritu de cualquier diseñador. La pregunta que emerge es: ¿por qué y cómo decidimos, en ocasiones, sacrificar la utilidad en favor de la belleza? ¿Qué proceso sigue la belleza para abrirse camino a través de la funcionalidad?
Hay una gran belleza —porque hay belleza en la comprensión— en entender los límites de la funcionalidad. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar la función por la estética? Desde una perspectiva moderna y utilitaria, hemos criticado a menudo el viejo dicho «para lucir hay que sufrir», que priorizaba la apariencia sobre la comodidad de una manera que hoy consideramos anticuada y opresiva. Durante siglos, arquitectos de vanguardia criticaron la decoración y la ornamentación en los edificios.
Sin embargo, irónicamente, los edificios más deseados y valorados en la actualidad son, en muchos casos, aquellos construidos por esos mismos arquitectos que en su día renegaron del ornamento.
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